CAMINE, PERO NO CONTAMINE

La gran Ciudad de San Salvador, como todas las grandes capitales del mundo, ha padecido del problema de niebla tóxica o smog. Una nube pesada, espesa, tóxica, formada de humo, gases de la carburación de los autos, emanaciones de alcantarillas se ha cernido continuamente sobre la ciudad como si fuera el abrazo letal de la muerte química.

Hace varios años, una fábrica de zapatos, aprovechando la circunstancia, invitó a la gente a usar menos su auto y más sus piernas con el fin de evitar el uso excesivo de motores. La frase publicitaria que empleó fue: «Camine, pero no contamine.»

Lo cierto es que el sentido de esta frase podríamos también aplicarlo a otras muchas actividades de la gente que si bien no producen neblina y smog, sí producen la contaminación del alma y del espíritu, lo cual resulta peor. Por ejemplo, ¿qué tal si les decimos a los filósofos materialistas y ateos que con sus ideas disgregantes contaminan la mente de la juventud en los colegios: «Filosofe, pero no contamine»?

¿Qué si le decimos al amante apasionado, que cree tener derecho a ser más conquistador que Don Juan, «Ame sanamente, pero no contamine»? ¿Qué si le decimos al escritor de novelas obscenas, cuya literatura es un fuego que quema la inocencia de jóvenes y señoritas, «Escriba, pero no contamine»?

¿Qué si le decimos al fanático religioso que cree que su religión es la única verdadera, y se muestra intolerante e intransigente con las ideas de los demás: «Adore, según su conciencia le dicte que debe adorar, pero no contamine la fe sencilla de los demás cristianos»? ¿Qué si le decimos a la vecina muy conversadora que se mete con todos los prójimos: «Converse, si le gusta, pero no contamine las relaciones humanas con sus chismes y maledicencias»?

El ser humano contamina todo lo que toca. El pecado es algo que contagia hasta con la mirada. Pero en Cristo, y por Cristo, con su sangre preciosa y con la ayuda de su Espíritu Santo, podemos vivir completamente limpios de toda contaminación de la naturaleza humana y del espíritu, y ser limpios y justos y sanos para irradiar sólo justicia.

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