TRIUNFO DE LA PERSEVERANCIA

Durante dieciocho largos años luchó contra los enredos de la burocracia. Juntó papel tras papel; documento tras documento; certificado tras certificado; sello tras sello. Visitó oficinas, llamó a puertas, rogó, suplicó, demandó. Hizo todo lo que pudo con el poco dinero que tenía.

 

Por fin, tras dieciocho años de lucha solitaria, Antonio Cañón Zambrano, de Bogotá, Colombia, obtuvo lo que quería: una simple licencia para instalar, en la capital colombiana, un pequeño negocio de «envueltos de maíz», esos sabrosos pasteles de aquel cereal tan nutritivo. «Triunfo de la perseverancia, la insistencia y la paciencia», comentaron los diarios.

 

Entre la mezcolanza de noticias truculentas, de vez en cuando nos llega una como ésta. Es el caso de un hombre sencillo, del pueblo, que luchó dieciocho años para obtener el derecho a ganarse la vida. No se permitió el lujo del adormecimiento. No aceptó con calma los rechazos. Nunca admitió la derrota. Luchó continuamente, sin tregua, hasta alcanzar la meta que se había propuesto.

 

La perseverancia es una virtud. Con perseverancia se edifican imperios, se construyen catedrales, se levantan empresas. Con perseverancia los corales levantan, desde el fondo del mar, castillos de cristal que se elevan hasta la superficie. Con perseverancia se vencen problemas, se superan desesperaciones y se llega al triunfo.

Lo dijo un poeta:

 

La ola labra la roca, con los siglos y la insistencia.

La araña, una y mil veces, repara su débil tela.

Y tú conseguirás tus sueños, con perseverancia y paciencia.

El secreto del éxito consiste en sobrevivir problema tras problema sin abandonar nunca la obra que se tiene entre manos.

¿Qué tarea tenemos por delante?

¿Qué nos tiene afanados?

¿Qué buscamos?

¿Cuál es la meta de nuestra vida?

Cualesquiera que sean nuestras respuestas a estas preguntas, hay algo que, de alcanzarlo, nos traerá éxito en toda empresa que persigamos. Ese algo es una relación viva y continua con Dios. Si le permitimos a Él que dirija nuestra vida, nuestros pasos puede ser irreprochables. Y la integridad que resulta nos da la confianza de saber que todo, a la larga, nos saldrá bien.

 

Cuando es Dios quien ordena nuestros pasos,Dios no se equivoca, así que cuando sometemos nuestra voluntad a la de Él, tampoco nosotros nos equivocamos. El someternos al señorío de Cristo nos asegura el triunfo.

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