Transformados

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18) 

En nuestro camino como hijos de Dios, el Señor permite que suceden diversas situaciones que nos formen, que ayuden a transformar nuestra vida conforme a Su grandeza, dejando de lado nuestra naturaleza y por el contrario colocando en operación Su sobre naturalidad. Parte de dicha transformación es renovar nuestra mente, extender nuestros límites y tener la revelación de los secretos de Su corazón para llevarnos a un nuevo nivel de bendición.

Lo anterior no significa que al hacernos discípulos de Cristo nos hacemos personas perfectas, pero sí que tenemos un corazón realmente dispuesto a aprender, obedecer e iniciar un proceso de continua perfección, donde nuestra mayor meta es acercarnos lo más que podamos a ser como nuestro amado Señor, lo que se alcanza por la gracia operante del Padre en nuestras vidas y no por nuestros actos.

Si te has caído, levántate nuevamente, si has fallado, vuélvelo a intentar y si sientes que el reto es demasiado grande para ti, busca permanecer en la presencia del Espíritu Santo, renueva tus fuerzas en Él, declarando que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece, poniendo toda tu interesa en obedecer y agradar a Dios. El Señor no te dejará avergonzado, no importa la falla, tu eres un hijo del Rey de reyes y Señor de señores y como tal serás tratado por Su amor y misericordia, acércate al trono de gracia de confianza y permite que sea la gloria transformadora que viene del Cielo la que actué, para ver cosas grandiosas ocurrir.

Busca cada mañana el rostro de nuestro Señor, en oración y en la presencia del Santo Espíritu, permitiendo que sea Su poder y no el tuyo el que haga la obra.

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