HOY ES EL MOMENTO

«Tengo tiempo, y la carga puede esperar», dijo Armando García, conductor de camiones. Y se quedó ese fin de semana en casa, aunque debía entregar la carga el sábado. Llegó el lunes y el hombre volvió a decir lo mismo: «Tengo tiempo, y la carga puede esperar.»

Por fin el martes, ante la insistencia de sus familiares, se subió al camión y lo puso en marcha. A las cinco de la tarde tomó la autopista, que corre al este de la bahía de San Francisco. Cinco minutos después ocurrió un terremoto. El camión nunca llegó a su destino, y Armando García tampoco. Si hubiera entregado la carga cuatro días antes, se habría salvado.

Las personas que se demoran en cumplir una tarea, o las que son reacias a tomar la iniciativa, sufren serias consecuencias. Bien dice el refrán: «No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.»

Si ese camionero hubiera cumplido con la tarea que tenía de entregar la carga el sábado 14, se habría salvado. Pero perdió todo porque se tardó demasiado. El implacable y violento terremoto lo estaba esperando a las cinco y cuatro minutos de la tarde del martes 17 de octubre de 1989.

Demorar la firma de un negocio puede dar como resultado la pérdida de dinero. No pronunciar una palabra de reconciliación en el momento oportuno puede enfriar para siempre una amistad. No ejecutar una orden a tiempo puede provocar la pérdida del trabajo.

¿Y qué de la tardanza en arreglar cuentas con Dios? Es peor que la demora en pagar una cuenta pendiente. Porque si nos sorprende la muerte, el gran problema de la vida humana quedará sin resolverse. La tardanza en aceptar a Cristo como el Señor de la vida trae como resultado la condenación eterna. Hoy es el momento y no mañana. Hagamos hoy la paz con Dios por medio de Jesucristo. Mañana puede ser demasiado tarde.

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