MADRES QUE DAN SU VIDA

Primero fue una salvaje puñalada en el pecho la que se le asestó a Natán Maciel, adolescente de catorce años, que vivía en California. PABLO, un vagabundo y narcotraficante de cincuenta y un años, lo había herido sin motivo alguno.

Después fue una cacería salvaje. Carla Maciel, de treinta y dos años, madre de Natán, comenzó la búsqueda del criminal por los peores bajos fondos de Los Ángeles. Anduvo por callejones oscuros, entró a cafetines y cantinas, miró los rostros de vagabundos y delincuentes, hasta que halló al hombre. Y tuvo valor suficiente para entregarlo a la policía. «No soy una heroína —dijo Carla Maciel a los periodistas—; soy una madre.»

He aquí una mujer que vale oro. Todavía joven y bonita, se atrevió a andar veinticuatro horas por los peores barrios de Los Ángeles, donde a veces ni la policía entra, hasta que ENCONTRO al hombre que había apuñalado a su hijo. Gracias a la valiente acción de esa mujer, el delincuente fue condenado por intento de homicidio.

«No soy heroína; soy una madre.» La frase de Carla Maciel es muy cierta. Cuando vio herido a su hijo, se conmovieron sus entrañas de madre. Y arriesgando la integridad física y la vida, se lanzó en busca del criminal hasta hallarlo. Pero, ¿acaso no es toda madre una especie de heroína?

Hay madres que verdaderamente lo son. Madres que dan su vida por sus hijos, que renuncian a todas las coqueterías, placeres y fiestas para darles a sus hijos casi lo único que ellos piden: calor de madre. Madres que, como las águilas, se abren el plumón del pecho para brindarle abrigo a sus pequeñuelos.

En estos tiempos fríos y materialistas, tiempos de egoísmo y presunta «libertad» personal, hay mujeres que renuncian a su título de madre para adquirir el de amante, o libertina. Pero hay otras que desde el primer momento que se sienten embarazadas, ya dan todo su corazón al hijo que esperan.

Cuando se aceptan y se cumplen los preceptos cristianos de amor, sacrificio, abnegación y servicio, toda mujer tiene alma de madre y toda madre tiene espíritu de heroína. Esa es la vida de toda madre que hace una entrega sincera y total al Señor Jesucristo, único Salvador y único Maestro.

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