TRES AÑOS SIN MOVERSE

El hombre, de setenta y cuatro años de edad, se sentó para ver su programa favorito. Todas las noches a las 11:00, Albert miraba su programa favorito. Su esposa Betty, como siempre, lo arropó bien, le puso al lado su taza de café, y se fue a la cama.

Al día siguiente Albert seguía con la vista aparentemente fijada en el aparato. Su café estaba frío, y frías también tenía las manos, los pies, el corazón y todo su ser. Albert, durante la noche, había muerto.

Su esposa no lo movió sino que lo dejó tranquilo. Así lo dejó durante tres largos años, sentado en su silla, todavía frente al televisor. A ella le fue imposible aceptar la muerte de su esposo. «Nunca quise quitarlo de su pasatiempo favorito», fue su explicación cuando el asunto por fin se descubrió. Así que lo dejó allí, sentado frente al televisor, y cada noche, a las 23:00 horas exactamente, le traía su taza de café.

Nadie puede detener el curso de la vida. El tiempo es un proceso. Somos conscientes del pasado que hemos vivido, del presente que estamos viviendo y de un futuro que está por venir. Sabemos con absoluta certeza que nada es permanente, que todo, tarde o temprano, se doblega inexorablemente ante la fuerza del tiempo. Y sin embargo actuamos como si nunca fuéramos a envejecer.

No es reteniendo artificialmente la juventud que detenemos el tiempo. Ni es ignorando el paso de los años que hacemos más larga la vida. Ni es negando el hecho de la muerte física que la eliminamos de nuestro futuro. Cristo no vino al mundo para ofrecernos una inútil prolongación de la vida terrestre. Vino para iluminarnos sobre la otra dimensión, la del espíritu.

Esa otra dimensión del espíritu es precisamente la que es eterna. Nadie puede borrarla. Nadie puede aniquilarla. Nadie puede detenerla. Nadie puede anularla. Nuestro espíritu vivirá para siempre. He ahí la inexorable verdad de la existencia humana. Nunca, realmente, moriremos.

Pero no fue la eternidad lo que Cristo vino a ofrecernos. Eso ya lo tenía todo el mundo. Él vino a ofrecernos vida eterna en su presencia. Vino a ofrecernos una vida eterna radiante, perfecta y feliz. Esa vida eterna en su presencia Él la ofrece a todos los que lo aceptamos como el Señor de nuestra vida. Él quiere darnos su gloriosa vida eterna.

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